viernes, 16 noviembre, 2018
Opinión Punto y Aparte

EL VOTO DEL ODIO

EL VOTO DEL ODIO

El voto del odio es lo que se avecina y se está gestando en algunos partidos políticos.

No importa la ideología de los partidos, lo importante es conseguir el poder.

Este fin de semana concluyeron las precampañas de quienes aspiran a ser presidente (a) de México y gobernador de Morelos. Insisto: apenas fueron procesos organizados dentro de los partidos políticos con registro en el Instituto Morelense de Procesos Electorales y Participación Ciudadana (Impepac) para decidir por los “elegidos”, pero el discurso de encono y odio hacia los rivales fue la constante… en la boca de determinados personajes, no en todos.

Habrá un período de “intercampañas”, que inició este lunes y concluirá el 28 de abril próximo, para el caso de quienes aspiran a la titularidad del Poder Ejecutivo, en el cual los aspirantes no podrán hacer proselitismo abierto dirigido al electorado en general, aunque sí estarán autorizados para cierto grado de presencia mediática. Y luego vendrán las campañas, mismas que arrancarán el 29 de abril y finalizarán el 27 de junio. Respecto a los precandidatos a diputados locales y Ayuntamientos, las intercampañas también comenzaron ayer y concluirán el 13 de mayo. Sus campañas propiamente dichas serán del 14 de mayo al 27 de junio.

No ha comenzado, pues, el período de campañas, pero el discurso político está plagado de odio entre los contendientes, con el grave riesgo de aterrizar en los votantes. Yo he vaticinado que se avecina el “voto emocional”, también identificado como “voto del odio”.

Y con respecto a ese tipo de sufragio encontré un excelente artículo titulado “El voto del odio”, bajo la firma de mi amiga Lolita Rosales, publicado en Diario de Morelos el 29 de mayo de 2015. Lo transcribiré íntegro, gentiles lectores, sin quitarle ni una coma, pues aunque fue enfocado al proceso electoral del 7 de junio de aquel año, tiene completa aplicación al escenario preelectoral actual. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

EL VOTO DEL ODIO

Por Lolita Rosales
Diario de Morelos. 29 de mayo de 2015.

Los motivos del voto son insondables. A lo largo de la historia, el conocimiento de las razones que mueven a un elector a votar por tal o cual candidato ha sido objeto de múltiples estudios y reflexiones, no solo a través de las Teorías de la Comunicación o de la Ciencia Política sino de otras disciplinas como la Psicología, Sociología o la Mercadotecnia Política.

Ya desde el año 64 antes de Cristo, Marco Tulio Cicerón inició su campaña para el consulado romano aconsejado por su hermano menor Quinto, quien le entregó en su escrito “Breviario de campaña electoral”, una serie de consejos que debía poner en práctica para obtener el poder. Al final, Marco Tulio Cicerón logró el puesto que buscaba, aunque no sabemos a ciencia cierta en qué medida influyeron las recomendaciones de su hermano Quinto.

En la época actual, en democracias que cuentan con procesos electorales competitivos y con múltiples opciones políticas, las empresas de marketing político han encontrado una fructífera veta de negocios al promoverse como especialistas en crear campañas exitosas e implementar estrategias que pueden llevar al triunfo al candidato que los contrate.

¿Qué cantidad de votos puede en realidad obtener un candidato al aplicar las estrategias que le sugieren sus asesores de marketing político? ¿Cuántos de los sufragios que se depositan en las urnas son producto del razonamiento lógico del votante o de la internalización de valores asociados con la cultura política democrática?

Se trata de interrogantes que tienen respuestas complejas, especialmente en una región como Morelos, cuya población está conformada por segmentos de orígenes muy diversos: zonas urbanas con grupos de población de una alta especialización académica y profesional, habitantes que han emigrado de otras zonas del país, y una importante población rural, por lo que los intereses y prioridades de los diferentes segmentos de población no necesariamente coinciden.

Basta con analizar los resultados de las elecciones de los últimos años, en los cuales hemos demostrado que los morelenses somos veleidosos, pues le hemos otorgado el triunfo a diferentes partidos. En los últimos 15 años hemos elegido gobernantes de tres diferentes partidos políticos: del PRI, del PAN y del PRD, por lo que ninguna fuerza política está en condiciones de afirmar que tiene asegurada la simpatía y la fidelidad de los votantes.

Todavía sobrevive el llamado “voto duro”, es decir, el voto de los militantes y simpatizantes de los partidos políticos tradicionales, que independientemente de los candidatos que sean postulados siempre votan por su partido.

Pero este tipo de voto ha disminuido drásticamente, en primer lugar porque la línea imaginaria que dividía las ideologías de los partidos (derecha, izquierda, centro) prácticamente se ha desdibujado; los problemas que aquejan a los municipios y a la entidad son de tal magnitud, que las promesas de campaña de los candidatos se centran en tratar de solucionarlos, independientemente del partido al que pertenecen.

Y en segundo lugar, porque la clase política morelense, aunque no posee las virtudes de los grandes estadistas, sí tiene los defectos que la sociedad rechaza, como por ejemplo, el transfuguismo político. Se les llama tránsfugas a aquellos que en una elección se dicen panistas, que en la siguiente elección recorren todo el espectro ideológico para ubicarse en la izquierda y volverse perredistas, y al final terminan siendo lo que tanto criticaron: priístas. Por lo que envían el mensaje al electorado de que no importa la ideología de los partidos, lo importante es conseguir el poder.

Los sufragios que no forman parte de llamado “voto duro” tienen un comportamiento de lo más impredecible y está influenciado por la coyuntura, por la simpatía o aversión a cierto partido político, por la falta de una cultura política democrática, por el bajo nivel educativo del electorado y por el momento histórico que se vive.

Algunos de estos votos serán razonados, pues serán producto del análisis de los proyectos de los candidatos, pero el resto de los votos no tienen su origen en la razón sino en la pasión. Las elecciones, sobre todo en democracias emergentes, no suelen ser para elegir políticas o proyectos de gobierno, sino para cobrar agravios, para votar en contra de algo o de alguien.

Una coyuntura de este tipo, en donde prevalece el voto del odio es muy peligrosa, pues la ira y la sed de venganza impedirán a los electores darse cuenta de los defectos y de las enormes limitaciones del candidato que pretenden colocar en el poder, como también obnubilarán su mirada para aceptar las evidencias de corrupción en la biografía de dicho candidato o sus relaciones inconfesables.

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