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La economía del cáncer

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Hace poco me enteré del Atlas del Cáncer que se produjo en China y me hizo pensar sobre el rampante ascenso en la incidencia de cáncer en los años recientes. Mi pensamiento giraba en torno a encontrar factores, cuyo aumento y gradualidad fueran equiparables a los del cáncer para concentrarme en ellos como, quizás, factores causales.

Algunos de estos factores parecían claros y evidentes, como la contaminación y el nivel de estrés, sin embargo, éstos y otros parecían ser más factores contribuyentes que factores causales. Es decir, aumentan las probabilidades, pero no garantizan la incidencia.

Reflexionando sobre el salario mínimo y los procesos inflacionarios, encontré que el primero ha crecido muy poco en relación al poder adquisitivo, y esto significa que el dinero cada vez alcanza para menos. ¿Cierto? Bueno, lo anterior es un tanto relativo. La gente sigue comiendo y, si la tendencia salario/poder adquisitivo fuera cabalmente cierta, ya tendría rato que la gran mayoría hubiéramos muerto de inanición. Entonces, ¿quién está pagando la diferencia de valor?

Pienso que hay 3 pagadores principales: el gobierno, los procesos productivos y nosotros.

Los primeros dos son muy obvios: el gobierno debe subsidiar (a falta de una política de modernización robusta) y la industria debe disminuir su calidad; pero, ¿nosotros y el cáncer? Bien, recordando el Atlas del Cáncer, uno de los factores más determinantes en la incidencia es la alimentación. A grandes rasgos, lo que comes puede afectar más tus probabilidades que los factores ambientales o genéticos.

Y ahí es donde entra la economía del cáncer. Analizando la diferencia entre el salario mínimo y lo que éste puede comprar, no es más que lógico que el gobierno deba subsidiar de manera exorbitante (¿mantener?) las producciones agrícola y ganadera básicas y/o hacer importaciones de materias primas para evitar que los productos de la canasta básica sean invendibles.

Los terceros, que pagamos las consecuencias (cáncer, obesidad, afecciones cardiacas) somos nosotros que, sencillamente, no podemos pagar un producto que no nos mate. La relación económica entre salario y poder adquisitivo hace casi imposible que se fabrique un producto de calidad, y esto afecta incluso a los más adinerados; porque aunque haya quien celebre su estilo de vida orgánico y libre de gluten, sin saberlo, sigue estando dentro del saco de la presión económica global: los productos tienden a hacerse más baratos, no mejores.

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