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Información y democracia

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En democracia los ciudadanos toman decisiones sobre los asuntos públicos. Los mecanismos para hacerlo son variados dependiendo de cada Estado concreto: elecciones, referéndums, plebiscitos, asambleas y consultas son algunos ejemplos de formas que puede tomar la participación ciudadana. Todas ellas requieren, para ser efectivas, de información de calidad.

La democracia, nos dicen, es un sistema imperfecto. Pero, la distancia entre el modelo ideal y el real es diferente en cada país. En México esa brecha es amplia porque la inmensa mayoría de los ciudadanos carece de información o de los medios para procesarla de manera adecuada. 

Partamos del hecho de que, de acuerdo con la prueba PISA de la OCDE, cuatro de cada 10 mexicanos que terminaron la secundaria no tienen habilidades básicas para comprender lo que leen. ¿Cómo podemos esperar que decidan libremente si, en todo caso, para informarse, requieren necesariamente de otro que les explique? ¿Qué garantiza, además, que ese otro que explicará lo hará de manea aséptica, sin intenciones manipulativas de por medio?

Sobre el problema de la pobre comprensión lectora descansa, además, la casi nula actitud inquisitiva que mueve a la mayoría a quedarse con la primera vista de un asunto. Muchos mexicanos que sienten que se están informando, únicamente observan imágenes y leen los titulares de las notas, sin adentrarse de manera profunda en su contenido. Esos son los más vulnerables de todos, porque están convencidos de saber.

De manera reciente, algunos individuos movidos por su ambición desmedida y su nula ética profesional, están ofreciendo a candidatos y partidos políticos en México el servicio de “alteración de noticias”. Lo que hacen, es tomar una nota real de un medio serio y postearla en las redes sociales con un titular y una fotografía distintas a las que el medio utilizó, sabiendo que un alto porcentaje de los mexicanos no revisará la veracidad de la información que le está siendo proporcionada. 

Esos individuos y quienes adquieren sus servicios no se dan cuenta −o peor todavía, no les importa− del daño que están ocasionando a la democracia y al país en general. Deformar la opinión pública para favorecer el anhelo de poder de alguien, equivale a tapar los ojos del piloto de esta gran aeronave de la que todos somos pasajeros, sin darse cuenta que ellos también están abordo.

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