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Oposición al cambio

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El proceso electoral de 2015 ya es historia. De aquellos comicios emanaron los diputados locales adscritos a la Legislatura 53, quienes iniciaron funciones el primero de septiembre del mismo año. También fueron electos los 33 presidentes municipales que tomaron posesión el 1 de enero de 2016. Asimismo, brotaron los diputados federales que, junto a senadores electos en 2012, deberían estar sumados a la reforma institucional exigida por la ciudadanía morelense, la cual no puede hacerse por mero voluntarismo político o cambios planificados, ni por decreto. Lo que estaba y sigue estando en juego son las reglas estructurales de la acción colectiva, nuevos modelos mentales, valores, actitudes, capacidades y equilibrios de poder.

Las correlaciones de que depende dicho cambio institucional son excesivamente complejas porque los actores políticos no comprenden que las sociedades más exitosas en términos de desarrollo consiguieron crear las condiciones del cambio institucional permanente a través de acuerdos y compromisos. Lo estamos viendo en la actualidad: quienes se resisten al cambio están repitiendo la historia, escenarios de confrontación con procesos extraordinariamente difíciles para los actores involucrados. No se percatan de que obstruyen el desarrollo económico, generan tensión social y crean incertidumbre. En 2012 y 2015 lo constatamos frente a una clase política que por un lado se situó como ganadora y por el otro como perdedora. Los primeros han pagado un alto costo de desasosiego y los segundos enfrentan todavía los inevitables sacrificios debido a la escasez de recursos.

El contexto antes descrito, gentiles lectores, supone la resistencia al cambio, aludido recientemente por Daniel Eskibel, máster en consultoría política de la Universidad Camilo José Cela de Madrid, en su entrego semanal a este columnista. El artículo se titula precisamente así: “La resistencia al cambio”, que entre varias cosas importantes cita la siguiente: “Observa más allá de las apariencias. Escudriña detrás de la superficie. Verás un paisaje griego de hace 2500 años. Verás a Heráclito caminar descalzo por la fresca orilla de un río. Heráclito explicando que todo cambia y fluye eternamente. Tanto que ni siquiera logramos bañarnos dos veces en el mismo río porque la segunda vez ni el río ni nosotros somos ya los mismos. Pero verás también a Parménides, sentado allá en lo alto sobre una roca. Parménides enseñando que ‘lo que es…es, y lo que no es…no es’. Ese pequeño resplandor de la filosofía griega ilumina una verdad esencial que la política suele olvidar: dentro de cada ser humano hay deseos de cambio y al mismo tiempo resistencia al cambio. Y ese conflicto se escenifica en todos los procesos políticos. A veces no es explícito, pero siempre está. Y quienes impulsan cambios, cualquiera sea su naturaleza, deben tener muy en cuenta la resistencia al cambio”.

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