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Aventura de un robo fugaz

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Recientemente, bueno ni tan recientemente, a un amigo le robaron su automóvil estacionado en la céntrica calle de Revillagigedo, de Cuernavaca. Al reponerse de la desagradable sorpresa y recordando que tiene seguro, llamó al agente de la aseguradora que llegó con cierta prontitud al lugar de los hechos y se aprestó a acompañar a mi amigo al correspondiente víacrucis: Procuraduría, levantamiento de actas, ratificación de la demanda y la consiguiente pérdida de horas… pero bueno, todo sea por cumplir con la ley y con la aseguradora que, de otro modo, no pagará en caso de que el vehículo robado se desaparezca.

Cosas de la suerte, ocho días después del suceso, a mi amigo le avisaron que su vehículo reapareció en un estacionamiento techado y, aparentemente sin mayores pérdidas. Efectivamente, el auto estaba casi intacto, con un breve recorrido menor a 25, quizá 30 kilómetro y el gasto de la respectiva gasolina.

A punto estaba, mi amigo del relato, de tomar su vehículo e irse a su casa, cuando empezó lo inexplicable, pero que tuvo a bien revelarle el agente del seguro. Por la intervención de la autoridad, la misma que había localizado el vehículo se lo llevarían al corralón para “proceder a una serie de revisiones” del automóvil.

El mentado corralón está en lo más al sur de Temixco y hasta allá hubo que ir, pero no en el vehículo de mi amigo, cuya propiedad estaba probada con la documentación respectiva, sino en un taxi y pagar el viaje no sólo de ida, sino de regreso a la casa de mi amigo. Pasaron tres largas e increíbles semanas de un venga y tráigame esto y lo otro, de idas y vueltas en taxi hasta el corralón, de absurdas explicaciones aparentemente sin sentido, o por lo menos para mi amigo carecían de sentido, en tanto él perdía horas de chamba y seguía necesitando una de las herramientas de su trabajo.

Finalmente, volvió a ser el feliz poseedor de un automóvil que le fue robado casi como un juego y para un recorrido del ratero que no rebasó los 30 kilómetros, pero que fue lo suficiente para hacerle recorrer a mi amigo un camino kafkiano que dice no deseárselo ni a su peor enemigo. Aunque sí, por ejemplo a los empleados del corralón y su estrechez de miras, dice que sí les desea que algún día les roben el vehículo en el que necesitan desplazarse.

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