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Hasta la cocina 03-Junio-2016

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DESPOJO DE IDENTIDAD

Robo de identidad: ¡cuántas cosas pueden ocurrir en tu nombre!… Aunque nos resistamos a creerlas parecen ciertas muchas de las cosas que ocurren desde que la tecnología ha concebido un microchip, que encapsula todos nuestros datos susceptibles de ser revelados por una computadora y, por supuesto, utilizados no sólo para bien, sino para conocer nuestra identidad a fondo y junto con ello, los haberes, si los tenemos, como está diciéndonos la Condusef que está ocurriendo con las cuentas bancarias de aquellos que caen en el garlito de que se les va a depositar dinero caído del cielo.

Ciertamente nadie regala dinero, eso nos lo dice la experiencia, que también nos da aviso de que no falta los vivales. Porque si bien se nos advierte que cuando hay esos “ofrecimientos”, la solución es hacerles caso omiso con un click en la computadora porque quienes menos regalan dinero son los propios bancos, también lo es que hay mucho más con respecto a nuestros datos personales cuando caen en manos de los nuevos ladrones cibernéticos que los atesoran para dañarnos.

Podrían ser, por ejemplo, esas llamadas que recibimos para endosarnos toda clase de seguros bancarios, publicidad de lo más ramplona de artículos milagrosos, y las llamadas aterradoras que, si bien han disminuido, se siguen dando y provienen de secuestradores que poseen nuestro celular… Eso ocurre porque hay alguien que proporciona nuestros teléfonos, porque quienes nos marcan y nos repiten nuestros datos, sólo pudieron obtenerlos de quien los tiene y se supone que deberían tenerlos bien guardaditos. Pero no es así, lo que hace pensar que no falta quien venda esos datos tanto entre el personal de los propios bancos, como entre el de las empresas de los celulares.

A propósito del robo de identidad, se me ocurre que quizá los infelices aquellos que el martes pasado nos presentaron las lastimosas imágenes de los maestros chiapanecos caminando descalzos o esperando ser trasquilados por esos jóvenes de playeras amarillas, que tranquilamente los tusaron, fueron objeto de “robo de identidad”. Esto lo digo porque a la mera hora resulta que no eran maestros, ni pertenecían a la CENTE, ni ¿sabían qué es lo que estaban haciendo?

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