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DE GANAR Y PERDER

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Quienes tienen 60 o más, como se dice para ser políticamente correctos con las personas de la tercera edad, con la de ayer han pasado, por lo menos una quincena de jornadas electorales, la mitad de ellas tan surtidas como la de ayer, es decir con media docena de papeletas electorales que cruzar porque había que votar para presidencia, senaduría, diputación local y federal, gubernatura, alcaldía…

Todo esto debe significar que para quienes como yo hemos transitado por esa experiencia trienal y sexenal en bastantes ocasiones deberíamos de saber muchas cosas, o por lo menos deberíamos saber más que lo saben aquellos millenials que presumían por primera vez su dedo manchado de la tinta indeleble después de depositar las papeletas correspondientes en cada una de las urnas electorales.

Al fin y al cabo los de 60 y más habíamos pasado de las elecciones tan suigeneris que significaban un mero trámite, es decir en las que siempre ganaba el tricolor y además se llevaba el carro completo, a las que después de la de Miguel de la Madrid para presidente que no tuvo con quien competir, le siguieron las que se llamaron “conflictivas” y que en poco tiempo se convirtieron en las de la alternancia.

Sucedieron cosas, por supuesto. Se pasó de cierta competencia entre ese PRI que se llevaba los llamados “carros completos” y dejaba siempre en el camino a la considerada “derecha” pintada de azul; al arrebato de las primeras izquierdas unidas y el paso de esa trituradora que conformó el nuevo partido PRD que llevo a la primera alternancia de la Ciudad de México, donde habría de instalarse con Cuahtémoc “el bueno”, y luego darle paso a un entonces joven líder necio y resuelto a que tarde o temprano llegaría a ser presidente de este país, haciendo un trabajo constante, con un recorrer poblado a poblado, con un convencer a cientos de miles, hasta que fueran millones de habitantes de este país que tendrían que votar por él, tal y como lo hicieron ayer.

Hay diferencia entre una y otra alternancia, en aquella y en esta. En la del 2000, no fue el PAN el que le arrebató el sillón presidencial al priísmo sino Fox fue quien lo hizo, pero como bien decía, sólo cumplió con “sacar al PRI de los Pinos”. Siguió Calderón, que arrinconó al PRI al tercer lugar en el firmamento político, pero su legitimidad fue altamente cuestionada por el propio AMLO y su sexenio el primero del desastre de la inseguridad y los muertos.
La tercera fue la vencida de este hombre que llegó a la elección con una marcadísima preferencia. Preferencia lograda en buena medida con el voto de los millenials, pero también con el de seguidores que conformaron seis de cada diez electores y que le dieron el tan perseguido triunfo, vislumbrando ante sí un cambio. Cambio que esperemos ocurra.

En tanto no ocurrió así con el ansiado quinto juego en el Mundial de Rusia y podemos estar seguros de que es algo que la afición de México persigue desde siempre y probablemente con más ahínco que lo que AMLO persiguió a la presidencia de este país.

Otra vez no quedamos con ese mal sabor que deja la derrota después de haber jugado mejor que nunca y perdido como siempre. Dentro de cuatro años reavivaremos las esperanzas que dejamos morir ayer cuando Brasil acabó con las esperanzas que tanto nos habían avivado la victoria ante una Alemania que también ya se fue de Rusia y una Korea que ayudaría a permanecer en la jugada.
Quienes estamos en esas edad que se le llama “tercera” y se le considera respetable, hubiésemos querido que México llegase al quinto juego, para dejar de preguntarnos si en algún Mundial llegará al quinto, y seguirá hasta la final.

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