Punto y Aparte 11-10-17

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EL ACOSO ESCOLAR

No pasa un día sin que en nuestras redes sociales y el correo electrónico recibamos denuncias por acoso escolar o “bullying”. No hace mucho tiempo me informaron sobre un hecho acaecido en conocida escuela del centro cuernavacense, donde varios alumnos de cuarto grado obligaron a tres compañeras a beber un supuesto refresco que en realidad contenía orines. La dirección del plantel mandó traer a los padres de quienes cometieron tan reprobable acto a fin de que aplicasen las respectivas medidas disciplinarias, pero además les promovió apoyo psicológico.

Lo anterior podría ser considerado como una broma de mal gusto, pero no se queda simplemente en eso. El asunto va más allá, pues el acoso escolar se presenta en diferentes proporciones pudiendo causar daños irreversibles a sus víctimas. Los medios informativos nacionales y de provincia hemos difundido estadísticas respecto a la creciente cantidad de niños que ni siquiera habían alcanzado la pubertad cuando decidieron suicidarse debido precisamente a dicho hostigamiento. Esto no es una exageración, amables lectores, sino la realidad padecida por una de las dos más importantes instituciones que conforman el tejido social. Me refiero a la escuela. La otra es la familia.

Aunque la problemática es multifactorial, existe un ingrediente que la detona: la disfuncionalidad familiar, que altera la paz, el desarrollo y la conducta de muchísimos niños y adolescentes. Tampoco exagero cuando digo que es elevada la cantidad de madres solteras o en abandono, quienes carecen de recursos para enviar a sus hijos a la escuela y ofrecerles mejores oportunidades de progreso, o los desatienden cuando asisten a las aulas. Aunque el programa “Empresa de la Mujer Morelense”, enfocado concretamente a esas féminas, ha paliado el problema en determinadas zonas de Morelos, todavía falta mucho por hacer.

Aquí deseo agregar un dato con relación a la población penitenciaria de nuestra entidad, donde el 60 por ciento de los reclusos provino de familias donde faltaba la figura paterna. Es obvio inferir que la inmensa mayoría de ese conglomerado fueron jóvenes que optaron por los actos ilegales para conseguir satisfactores económicos. De alguna forma u otra cayeron en las redes criminales. La totalidad de jóvenes se vio en la necesidad de abandonar sus estudios entre el segundo y tercer año de educación secundaria.

Ni duda cabe, pues, que la desintegración familiar ha dañado sobremanera el tejido social. El acoso escolar o “bullying” está estrechamente vinculado con ello. Para el “caso mexicano” suele afirmarse que la falta o pérdida de valores éticos en la familia, su desintegración y violencia dentro de ella; la pobreza, el desempleo, la drogadicción, la marginación y la discriminación, entre otros factores, conducen hacia la conducta antisocial y la delincuencia. Sin embargo, no se ha emprendido un estudio longitudinal que permita determinar estadísticamente qué factores específicos están favoreciendo su desarrollo y cómo podría inhibirse su aparición. Mañana le seguimos.