lunes, 10 diciembre, 2018
Opinión Punto y Aparte

¿POR QUÉ SE PELEAN TANTO LOS POLÍTICOS DE MORELOS?

¿Por qué se pelean tan a menudo los políticos morelenses?

Es una pregunta que escucho con gran frecuencia.

Si ustedes me lo permiten, gentiles lectores, expondré primero un marco teórico (sin ánimo de aburrirlos).

Analicemos las causas de la agresión entre quienes, de alguna forma u otra, participan en la vida pública local, básicamente en cuestiones inherentes a los poderes Ejecutivo y Legislativo y a los 33 ayuntamientos, aunque no descarto que los mismos sistemas de relaciones afecten al Poder Judicial.

Desde mi particular punto de vista, las frecuentes agresiones han contribuido al deterioro de la débil cohesión social de Morelos, impactando sobremanera en la competitividad del estado y su desarrollo económico.

Así, primero debemos responder al siguiente planteamiento: ¿Qué es la agresión?

Es un acto, comportamiento o acción de un individuo o de una colectividad, dirigido conscientemente a dañar, someter, disminuir, herir física o psíquicamente a otro individuo o colectividad de manera arbitraria o ilegítima desde el punto de vista de la víctima o del sistema social de la que forma parte. Puede ser simbólica o real; inmaterial o material. Su forma extrema en sentido material es la violencia.

Combinaciones de la agresión.

1.- Componentes secuenciales: individuos, grupos, sistemas, mecanismos de decisión, estructuras y colectividades, bajo los siguientes factores: disposición individual a la agresión innata o adquirida.

2.- Los grupos de interés; las élites dominantes; los medios de comunicación masiva; el sistema político y la cultura política.

3.- El gobierno y la burocracia central.

4.- La estrategia internacional de un país hacia otro.

5.- La dinámica de decisión en momentos críticos.

6.- Los procesos de escalada.

7.- La dinámica propia y las reacciones del ambiente internacional.

8.- La acción de clases sociales, y el lenguaje político.

Las agresiones varían según el grado de preparación y organización.

Se requiere la verificación de un determinado acontecimiento o la presencia de un factor psicológico, ecológico, informativo o estructural para originar la fase posterior. Si la secuencia se interrumpe en una de las fases preliminares, la agresión no ocurre.

Teorías y factores interpersonales de la agresión.

Adler: “Manifestación de la voluntad de poder, de afirmación sobre los otros”.

Berkowitz: “Producto de la frustración o del bloqueo de un comportamiento dirigido a obtener una gratificación. Es el factor de agresión más a menudo invocado en la literatura, aunque después fue objeto de numerosas críticas”.

Freud (post 1920): “Producto de una pulsión primaria que puede remontar al instinto de muerte, universal e inmodificable”.

Lorenz: “Resultado de una acumulación autónoma de energía en centros nerviosos que aflora explosivamente, alcanzando un cierto nivel, en un comportamiento manifiesto”.

Mead: “Producto recurrente de un determinado tipo de socialización en el ámbito de una cultura, que induce, favorece o premia comportamientos agresivos”.

Allport: “Resultado de un desplazamiento de la hostilidad sentida hacia un objeto (individuo o grupo) en dirección a un objeto distinto, favorecida por formas de prejuicio étnico, político o religioso”.

Estímulos a la agresión.

Son, en cualquier tiempo y lugar:

A.- La instigación, especialmente por parte de líderes carismáticos e ideológicos, en cuanto que aumenta el nivel de tensión entre los destinatarios del mensaje y la dirige sobre el objeto deseado.

B.- La designación de un individuo, grupo, etc., como chivo expiatorio.

C.- La presencia de un fuerte conflicto en ausencia de instrumentos eficaces de control social.

D.- La división del trabajo cuando asume carácter competitivo, como en las sociedades capitalistas.

E.- La estructura de la familia.

F.- Los episodios de pánico subsiguientes a catástrofes naturales o sociógenas.

G.- Cualquier forma de justificación del crimen, o bien de aprobación ideológica de los sufrimientos infligidos o infligibles a otros, a través del doble mecanismo de la legitimación moral del propio acto y de la deshumanización de la víctima.

En el nivel colectivo, el comportamiento agresivo de grupos, asociaciones, clases, a partir de los hábitos lingüísticos y de la estructura de las ideologías que facilitan la designación de chivos expiatorios para cualquier tipo de tensión social, son el mayor factor de contra-agresión por parte de las colectividades que se sienten amenazadas por tal comportamiento, aunque no sean designadas directamente como objeto primario de la agresión.

Como la contra-agresión excede por lo general la medida de la agresión, el proceso de retroacción positiva que así se instaura puede asumir un carácter explosivo.

Por tales motivos el control de todas las formas de agresión, a partir de las lingüísticas, ideológicas, simbólicas, por parte de una colectividad, en perjuicio de otras, es uno de los problemas centrales de todo sistema político.

“La conflictividad actual o potencial de un asunto en la comunidad política es el factor que favorece su expansión y difusión. Asuntos inofensivos, que no desatan enfrentamientos, quedarán circunscritos en su localidad y pasarán sin ser vistos. Sólo demandas, asuntos, reivindicaciones, problemas, actual o potencialmente conflictivos, son los candidatos. Acontecimientos sociales que sirven de mecanismos de disparo, como son catástrofes, cambios tecnológicos, sucesos económicos, crímenes, elecciones, etcétera; y actores sociales que se encargan de convertirlos en cuestiones y ofrecer su primera definición; son los iniciadores, el primer paso del trayecto hacia la conformación de la agenda” (Luis F. Aguilar Villanueva, “Problemas públicos y agenda de gobierno”. Editorial Porrúa, México, 1993).

Para continuar con este tema debo referirme al libro “Mexicanidad y esquizofrenia”, de Agustín Basave (Editorial Océano, México, 2010), donde leemos el excelente prólogo a cargo de Roger Bartra, antropólogo, sociólogo, escritor, ensayista y profesor emérito de la UNAM, quien pone el dedo en la llaga.

Escribió Bartra: “Hay quienes están convencidos de que el origen del atraso socioeconómico y político se encuentra en las instituciones, y que el remedio no puede ser otro que la modificación de los soportes legislativos, que adolecen de un vicio de origen: fueron diseñados para fundar un sistema autoritario que no se apoyaba en una legitimidad democrática”.

Y añade: “El problema aquí consiste en que, para modificar la estructura constitucional del país, es necesaria una racionalidad que no parece ser una de las peculiaridades de la clase política y las élites empresariales. Ciertamente, no hay mucho que nos permita confiar en que las élites políticas sufran un insólito ataque de racionalidad. Más probable es que, ante tensiones sociales o políticas, hagan de tripas corazón y acepten con cierta tolerancia ponerse de acuerdo para remendar un poco los segmentos más descosidos o gastados del tejido constitucional”.

¿Cambiará en algo el escenario de confrontación tras la llegada del nuevo gobierno estatal, con el ex futbolista Cuauhtémoc Blanco al frente? La respuesta es un contundente NO. El conflicto y no la coexistencia pacífica seguirá siendo la constante durante el año venidero y tal vez todo el sexenio de Blanco, debido a su cerrazón y la obsesión de ver “graquistas” hasta debajo de las piedras, considerándolos a todos como enemigos, mientras paralelamente irán reacomodándose las fuerzas políticas rumbo a la siguiente elección. Y que no cometan errores el “Cuauh” o Sanz Rivera, porque se les cobrará en la misma proporción con la que están midiendo a infinidad de morelenses. Se sienten una Dupla Conquistadora.

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