Libar y librarla

/ Por
hasta la cocina_NADIA PIEMONTE
MH
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Y entonces, como un estribillo recurrente, volvimos a escuchar que el tema del alcoholímetro fue otra vez flor de un día: o sea, habrá alcoholímetro, pero todavía no.

Habrá que esperar a enero, quizá, o febrero, marzo, abril, etcétera para que sea dicha la última palabra, entre las muchas que habremos de escuchar aún en las semanas que faltan. Parece increíble, pero es cierto. Nunca faltan grupos sociales que se manifiesten en contra de propuestas nuevas, así resulten benéficas no sólo para los demás, sino para ellos mismos.

En este caso, parece que fueron los comerciantes de bebidas alcohólicas quienes frenaron –y hasta el momento siguen frenando— la puesta en marcha en Cuernavaca del alcoholímetro, con la peregrina idea de que con esa medida corren el riesgo de que baje el consumo de bebidas alcohólicas.

Ojalá así fuera, pero con el alcoholímetro no han bajado los índices de consumo de alcohol, sino lo contrario, precisamente porque la medida no combate la ingesta, sino que no maneje quien está en estado de ebriedad, es decir el que ya bebió en demasía.

Desde que el alcoholímetro se impuso primero en la Ciudad de México, era lógico imaginarse que habría que trasladarse esa medida a las principales ciudades del país.

Con el alcoholímetro se han bajado comprobadamente los índices de accidentes.

El alcohol, contrariamente a las demás drogas, dado que es socialmente aceptado, ha causado  la muerte no sólo de quien lo bebe, sino de quien puede atravesarse en su camino cuando el alcoholizado se ve implicado en un accidente de tránsito.

O sea, el alcoholímetro coadyuva a evitar accidentes, nada más.

Si además de eso, se lograra bajar los índices de consumo, habría que aplaudir doblemente la medida, pero eso no ocurre.

Quizá sirva de lección porque no debe ser nada agradable acabar en chirona y además con la cruda encima.

Pero al que bebe, eso se le olvida.

En cambio no se les podrá olvidar a quienes por un alcoholizado que se les cruzó en el camino perdieron a un familiar, a un amigo, a causa de un accidente.

No se les podrá olvidar tampoco a quienes quedaron inválidos por algún percance provocado por un individuo que iba manejando en estado de ebriedad y que no estuvo en condiciones de medir las consecuencias.

Y que, de haber sido detenido para el control ante el alcoholímetro podría haber evitado involucrarse e involucrar a alguien más en su circunstancia. Así que ojalá se instituya el uso del alcoholímetro en Cuernavaca…ocurra cuando ocurra.

Mientras tanto seguiremos acumulando cifras que demuestran que los accidentes aumentan el número de muertos, de accidentados, de gente lastimada por algún alcoholizado que en la inconsciencia de su enfermedad, toma el volante después de haber ingerido lo que se le dio la gana, haciendo feliz quizá, al propietario de un antro.