Ecosofia 02-10-17

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ORGANIZAR NO ES ROBAR.

Escribo esta nota después de leer el brillante ensayo: “Una crítica fraterna a La Jornada” (28 de septiembre del 2017) elaborado por el Dr. Octavio Rodríguez Araujo, uno de los pocos intelectuales mexicanos que se permite hablar claramente y con fundamento preciso en esta agitada situación.

El sismo ocurrido recientemente ha traído no solamente dolor al pueblo mexicano, también inestabilidad y desconfianza. En muchos lugares del país se ha reactivado el “gen antigobierno”, ese que se instaló en los mexicanos desde el siglo pasado a causa de casi cien años de gobierno único príista. De acuerdo con ese “gen” todas las acciones de cualquier gobierno son malas y corruptas mientras que las de los ciudadanos “apolíticos” (el “pueblo”) son necesariamente buenas.

Dicha idea parte del supuesto de que hay una diferencia clara entre “pueblo” y “gobierno” y pierde de vista que cualquier gobierno está compuesto por ciudadanos y que cualquier acción realizada para una ciudad (una “polis”, en griego) es “política”.

Ese fenómeno, justificado, lo reitero, por decenas de años en los cuales la existencia de la “familia política mexicana” (priísta) establecía ciertamente un clara diferencia entre “pueblo” y “gobierno”, ocasiona en nuestros días que sea mucho más difícil, para aquellos que llegan al poder gracias al voto ciudadano, mantener el apoyo social (pues pasan a ser “gobierno” y por ende al grupo de los “malos y corruptos”).

Sin embargo, es en épocas de crisis cuando los efectos negativos de ese fenómeno se agravan. Un ejemplo de ellos lo sufrimos recientemente en la Facultad de filosofía y letras de la UNAM cuando un grupo de estudiantes decidió tomar y parar la facultad, pasando por encima de la decisión razonada de autoridades y cuerpos colegiados (los cuales también incluyen estudiantes, por cierto), los cuales habían considerado reanudar las clases sin interrumpir las cadenas de apoyo, por supuesto. Los estudiantes que tomaron esa facultad, para justificar su acción, arguyeron que no podían reanudarse las clases pues debía ser la UNAM la que siguiese repartiendo víveres y demás a las regiones afectadas ante la corrupción existente en los gobiernos tanto federal como de la Ciudad de México.

Otro ejemplo lo sufrimos en Morelos cuando, tal y como se reprodujo “viralmente” en las redes sociales, un trailer de ayuda ciudadana rechazó que su apoyo fuese canalizado al DIF estatal (el cual venía, y eso nos consta, realizando una tarea humanitaria simplemente ejemplar) por desconfiar de las autoridades de Morelos. Este evento incluso fue aprovechado por un obispo de Cuernavaca que ya nos ha acostumbrado a emitir juicios sin pruebas para apoyar a su grupo político y así denostar a la administración actual.

Aquellos a los que nos ha tocado apoyar en situaciones de crisis sabemos perfectamente que “organizar no es robar”. El peor enemigo que tenemos cuando ha ocurrido una crisis es el caos. No ayuda en nada la señora que quiere meterse por un agujerito (es por esos espacios verdaderamente minúsculos por donde entran los heroicos “topos”) a rescatar a sus familiares. Solo gracias a la organización, al trabajo coordinado de todos, es que, al final y después de labores pesadas y continuas, pueden salvarse vidas y mantenerse el orden.

Sólo mediante una organización correcta de los apoyos (lo cual vienen haciendo no sólo los ciudadanos sino también muchísimas autoridades federales, estatales, municipales y militares) es que se puede entregar cotidianamente la ayuda que los afectados necesitan.

Y eso solo se puede hacer mediante organizaciones no sólo ciudadanas sino también gubernamentales. Estas últimas son, además, las que no lo hacen solamente por buena voluntad sino ¡porque es su trabajo! Es por esa razón que son las últimas en abandonar las tareas.

Los que entregamos ayuda no podemos sino confiar en los grupos organizados de entrega, sean ciudadanos, sean  gubernamentales. Si no hay confianza es mejor no entregar ayuda alguna. Pretender meter trailers de ayuda a lugares siniestrados para  así  hacerlo “personalmente” es en muchos casos imposible y sólo fomenta el caos.

Permitir el caos hace imposible no sólo las labores de rescate y conservación del orden sino también las de la reconstrucción.

Considero sinceramente que si los que pretenden apoyar a las comunidades afectadas no comprenden ese principio básico es preferible que se guarden sus apoyos. Fomentar el caos en una situación ya de por sí caótica es absurdo. Y fomentar la desconfianza en esa misma situación es simplemente criminal.