A LA MEMORIA DE JOY LAVILLE

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Ese colorido tan tenue de sus pinturas. Esa insistencia por pintar mujeres figurándolas grandes, siendo ella tan pequeña. Esa gracia para recordar tantas cosas de su vida. Joy Laville, la “vecina” que teníamos en Jiutepec, se fue silenciosa, se apagó como una vela que duró encendida muchísimo tiempo. Y nos legó un mundo de obras que salían de su cabeza, de sus manos pequeñas y habilidosas y que las fue creando para formar ese universo tan suyo, tan apacible, tan Joy Laville. La artista inglesa mexicana que fue además, esposa de Jorge Ibarguengoitia, uno de los grandes literatos contemporáneos, quien falleció hace más de 30 años y al que Joy jamás olvidó.
La recuerdo menuda y activa; siempre atenta y afable sea para alguna entrevista, sea para simplemente vernos, hablar, tomar el té aunque no fueran las cinco como acostumbran los ingleses. No se si su cabello fue blanco toda la vida, aunque no era blanco, sino de un plateado reluciente, con reflejos azulosos, o a lo mejor era lo azul de muchas de sus pinturas lo que se le reflejaba en la corta cabellera de Joy. Y, desde luego, su plática siempre la salpicaba de un humor muy sutil que de origen seguramente era inglés, aunque probablemente fue añadiéndole esa ironía que Ibarguengoitia supo explayar en su literatura y que claro, entre parejas, se pega.
Joy Laville tenía muchísimos años viviendo en Morelos, si bien el primer lugar que escogió para vivir en México desde su juventud, fue San Miguel Allende. Ahí, en San Miguel descubrió su vocación por la pintura y sólo fue cosa de dejar fluir esa veta artística, porque lo cierto es que fue autodidacta y, según explicaba ella, las figuras que se le conformaban en la cabeza, sólo las tenía que plasmar en el papel, en el lienzo, en lo que tuviera en el caballete, darles forma y colorido.
Tan hermosas y sencillas figuras no sólo conformaron obras acabadas que empezaron a ser expuestas en las galerías no sólo de México, sino fuera del país, sino figuraron como portadas de algunos de los libros de Jorge Ibarguengoitia, el hombre que fue su esposo durante 20 años, es decir hasta que él se murió y a ella le quedó un dulce recuerdo imborrable hasta su muerte de hace unos días.
Fue precisamente a la muerte de Jorge cuando Joy decidió venirse a vivir a Jiutepec. Ella estaba en París y casi le toca morir con su marido, quien tomó ese vuelo fatal de París hacia Bogotá. Pero el destino tenía para ella otros planes, diferentes a los de Jorge, cuya muerte lo esperaba a poco de subirse al vuelo fatal. Enterada de la noticia, Joy se encerró con su suerte en París y tardó un año en madurar la idea de venirse a vivir a Jiutepe, donde llegó hace casi 30 años y donde pudo retomar los pinceles y seguir realizando esa obra tan apacible, tan fresca, tan emotiva, tan femenina, tan Joy Laville que no requería de firmarlas porque podían reconocerse simplemente mirándolas.
Cuernavaca llora ahora la muerte de esta artista con su origen inglés, se sentía muy mexicana, además de que lo fue por decisión y decía que su pintura también es mexicana, porque surgió en México.
Se nos fue esta mujer, artista, apacible y activa. En septiembre próximo el gobierno le rendirá un homenaje a Joy Laville, esa mujer que vivió, pintó, trabajó, participó en la vida artística local y por ende es de Morelos.

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