viernes, 16 noviembre, 2018
Morelos

La historia de Tlaltenango

SEMBLANZA DE TLALTENANGO

El pueblo de Tlaltenango es famoso por dos hechos históricos: el primero porque en este poblado vivió el conquistador español Hernán Cortés y el segundo por la aparición de la virgen de la Natividad y su santuario.

Después de la conquista de Cuauhnáhuac (Cuernavaca) en 1521, el citado conquistador regresó en 1523 y decidió establecerse en Tlaltenango, donde construyó su finca que en un principio contaba con una herrería, carpintería, fábrica de lana, ganado, trabajadores, etc. Aquí vivió hasta octubre de 1524 antes de partir a una expedición a Honduras.  Y es en 1535 en que esta finca la convierte en el segundo ingenio azucarero de la Nueva España. Actualmente sólo existen algunas ruinas de esta finca en casas aledañas a la escuela primaria 18 de Marzo, cuya construcción se hizo donde estuvo la casa del conquistador.

Cinco fueron los motivos por los que fincó su casa en Tlaltenango: porque era la entrada a Cuauhnáhuac, porque en este poblado había mucha agua, por los bosques cercanos que le proporcionaron leña para combustible, porque por aquí pasaba el antiguo camino a tierra caliente y por el clima paradisiaco.

El único vestigio vigente de la presencia del conquistador en Tlaltenango, es la capilla de San José, construida por él en 1523, inmueble que se ubica del lado oriente de la avenida Emiliano Zapata y que es una joya arquitectónica de la época virreinal; afortunadamente se ha conservado intacta hasta la actualidad. El ingenio azucarero tlaltenanguense funcionó por casi un siglo, hasta que lo trasladaron a Atlacomulco.

Santuario de Tlaltenango 1730.El 30 de agosto de 1720, el cura de la parroquia de la Asunción (actual catedral) y el alcalde de la villa de Cuernavaca, destaparon un arcón que habían dejado abandonado un par de jóvenes viajeros en un mesón tlaltenanguense, propiedad de doña Agustina Andrade, quien fue la que pidió a dichos personajes su intervención para destapar esa caja porque de ella emanaban luces, perfume y música.

Cuando quitaron la tapa del arcón encontraron a la radiante virgen, pequeña pero hermosa, la misma que sigue venerándose hasta este siglo XXI, es decir esta virgen tiene  295 años de edad y resultó muy milagrosa, motivo por el cual se conoce como la Virgen de los Milagros. Su fama se extendió por todos los pueblos del valle de Cuernavaca y del valle de México.

Debido a que su aparición fue un suceso acontecido en un tramo del camino real Acapulco – ciudad de México, los viajeros que pasaban por Cuernavaca fueron los portadores de la noticia del portento virginal.

La noche de su aparición o descubrimiento de inmediato la llevaron para su veneración a la capilla cortesíana de San José, ubicada a unos pasos del mesón, donde permaneció una década. Sin embargo, la virgen merecía un aposento digno para ella y fue entonces que los tlaltenanguenses, encabezados por doña Agustina y con el apoyo de los citados cura y alcalde, acordaron construirle un santuario, cuya edificación les llevó 10 años,  hasta su inauguración en 1730, acontecimiento que celebraron con la primera feria tlaltenanguense.

A partir de esta fiesta inaugural, a la que asistió todo el pueblo católico, la virgen de Tlaltenango se convirtió en la segunda patrona de los cuernavacenses, la primera es la de la Asunción.  Desde hace más de 100 años los feligreses de Ixtapalapa cada año vienen a colocar el monumental adorno floral del frontis del santuario. Cabe destacar que de la virgen original existen varias réplicas, la principal es la que permanentemente se encuentra en el altar.

La peregrina que se encuentra empotrada en una vitrina de la casa parroquial y que cada año  sacan en el novenario previo a la feria, con la misión de visitar los barrios y colonias del poblado. La de Ixtapalapa que cada año traen de visita en un precioso nicho de madera. La original permanece oculta en la sacristía durante 356 días del año y sólo la exhiben en el bautisterio cada año durante los 9 días de la feria.

Una de las cualidades propias de la virgen original y sus réplicas es que cada año estrenan vestido, donado por los más fieles devotos que han sido beneficiados por un milagro. La iglesia de Tlaltenango no es una parroquia, es un santuario y sólo las diócesis otorgan este rango cuando en el sagrado terruño se apareció la divinidad venerada.

En el atrio del santuario hay un mural que fue hecho por el pintor Roberto Martínez y fue develado en 1982 por el obispo Sergio Méndez Arceo. En la pintura destacan por obvias razones las figuras de Hernán Cortés y la virgen de los Milagros y además la de Emiliano Zapata Salazar. Pero ¿porqué plasmaron al héroe agrarista?

Bueno porque era devoto de esta virgen y cuando él vivía en el hotel Moctezuma, justo el mero 8 de septiembre de 1914, día principal de la feria, acompañado de su estado mayor, trajo como regalo a la virgen una corona  de plata con estrellas de oro. Lamentablemente, dos años después cuando las tropas carrancistas invadieron el estado de Morelos, estos militares le robaron la citada corona a la virgen. Por tal motivo el padre Nicanor Gómez, para evitar una tragedia, se llevó a la ciudad de México a la virgen milagrosa; de esta forma estuvo más de dos años ausente de su santuario hasta que regreso en 1919.

Uno suceso triste de la historia de Tlatenango aconteció en 1954. Entre el santuario y la finca de Cortés existían dos enormes ahuehuetes, plantados por los prehispánicos tlahuicas. Crecieron justo en la orilla del camino real y se nutrían de un arroyo que fluía paralelo al camino; los tlaltenanguenses al parecer apreciaban ese par de sabinos.

Por su ubicación, estos ejemplares representaban el emblema de Cuernavaca por ser esta ciudad tierra de árboles descomunales. Pero resulta que al trazar y construir la avenida Emiliano Zapata en 1954, las autoridades estatales, a través de los encargados de la obra, talaron esos imponentes sabinos, sin importarles o ignorando que por decreto presidencial de 1921, el ahuehuete es “El Árbol Nacional de México”.

A nadie le avisaron, de repente llegaron empleados de gobierno y talaron esos longevos sabinos, alegando que lo hacían por órdenes del gobernador López de Nava y porque esos árboles estorbaban, ¡Qué bárbaros! Y los tlaltenanguenses no hicieron nada por salvarlos.  

Cuernavaca       

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